• Editorial

    Publicado en junio 1st, 2011

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    En los últimos cuatro años y medio, nuestro país ha tenido que soportar cinco procesos electorales nacionales: tres para aprobar una nueva Constitución, uno para reelegir al mismo presidente que aún se encontraba en funciones por dos años más, y otro para modificar la Constitución recientemente redactada por el mismo gobierno que fue reelegido. En esto el país disipó 350 millones de dólares. Es decir, el equivalente a 45 280 aulas para escuelas, 18 450 casas de bloque, 2 981 458 vacunas infantiles ó 25 hospitales de primera, que sin duda son más necesarios que una Constitución que al poco tiempo tuvo que ser cambiada.

    Pero además de derrochar recursos, debido a la inestabilidad causada por tantos alborotos innecesarios, perdimos algo similar a lo que la vecina Colombia ganó: 39 000 millones en inversión privada extranjera o lo que Perú capitalizó con sus 27 000 millones de inversión, que dispararon su crecimiento económico a un promedio del 5 por ciento anual y generaron –según la Cepal– una satisfactoria distribución de la riqueza.

    En contraste, nuestro país, en el mismo período, recibió menos de 1 900 millones de inversión, a pesar de que el gasto estatal en la era revolucionaria se triplicó, superando los 26 000 millones anuales, el crecimiento promedio fue tan solo del 1 por ciento. En el 2010 se produjo la peor distribución de riqueza de América. Queda claro una vez más que la inestabilidad política aniquila las posibilidades de mejorar la condición de vida de los pueblos, al igual que la inseguridad jurídica, la falta de coherencia en el manejo de las finanzas públicas y los cambios en leyes y reglamentos, destruyen cualquier base de competitividad de las naciones.

    Siendo ese el escenario, en el cual al menos la mitad de un país agotado por los sobresaltos y atiborrado por el gasto público, pide un nuevo camino, es urgente que el Presidente de la República inicie un proceso de reconciliación y reunión de todos los sectores del país, con el fin de que los 18 meses que le restan a su gobierno sean distintos a los cuatro años y medio de tensión vividos, que dejaron pocos resultados positivos.

    De igual manera, es menester que el Primer Mandatario defina urgentemente la política comercial del país. No es posible que continuemos a la deriva, aislados de un mundo que a través de la integración ha encontrado la virtud del crecimiento y la disminución de la pobreza. Por lo cual todas las ilusiones de encontrar mercados de fantasía en el mundo o, peor, las pesadillas aislacionistas de quienes, al parecer, se quedaron en los años setenta, deben ser superadas por la visión pragmática de la realidad.

    Con un modelo de desarrollo focalizado en la disminución de la pobreza a través del crecimiento productivo, logrado mediante la garantía a la seguridad jurídica; es decir, al respeto a la democracia, al Estado de Derecho y a la independencia de los Poderes; al manejo prudente de las finanzas, que garantice un crecimiento real y sustentable de la economía; a la estabilidad y buen entorno para el emprendimiento. Es decir reglas claras y estables, principalmente en materia tributaria y laboral; así como con la inauguración de una clara y dinámica política de integración comercial, seguramente en muy poco tiempo seríamos testigos del milagro del crecimiento ecuatoriano.

    Esta entrada fue publicada el Miércoles, junio 1st, 2011 a las 1:42 pm bajo la categoría Editorial. Usted puede seguir las respuestas a esta entrada a través de la suscripción de la fuente RSS 2.0 . Si desea puede dejar un comentario, o utilizar un vinculo de referencia desde su propia página.
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