• Editorial

    Publicado en septiembre 4th, 2010

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    Ser director técnico de una selección nacional de fútbol, en un campeonato mundial, es un asunto muy serio. Si el equipo gana, es mérito de los jugadores. Si el equipo pierde, el villano es el estratega. Por lo que, como solo un equipo finalmente gana, únicamente uno pasa a los altares de la gloria deportiva. El resto, con el entrenador del equipo vicecampeón a la cabeza, pasa al purgatorio en el que como castigo sufren la crítica de los especialistas y por lo general la terminación de sus contratos. La mayoría deja sus trabajos discretamente, muy pocos ‘maradonean’, y menos son los que se quedan a cargo de sus equipos. Pasado el mal rato, nuevamente comienzan los juegos amistosos –hoy con inusitada prontitud–, los campeonatos regionales y las eliminatorias para el próximo mundial, y con ello las ilusiones, la alegría y la fiesta. Eso ha sido lo habitual, eso es lo racional, lo civilizado.

    Pero en Sudáfrica 2010 participó por primera ocasión Corea del Norte, un país que vive una de las peores dictaduras de la historia, en la que todo lo impensable parece ser posible, y las cosas, como era de esperarse, no tuvieron un final racional ni civilizado.

    Según información de prensa –que extrañamente no le ha dado al tema la importancia que merece–, el mismo cruel dictador Kim Jong II ordenó que los jugadores y el entrenador fueran denigrados y vilipendiados durante seis horas en un pedestal de la Plaza de la Cultura. Y además sentenció al entrenador a trabajos forzados en la construcción de una obra en Pyongyang, por haber faltado a su tirana confianza.

    Es difícil creer que esto suceda en nuestros tiempos, pero todos los días dictadores crueles cometen violaciones de todo tipo y calibre en casi todos los continentes de nuestro plantea. Para poner otro ejemplo, en Cuba a diario aparece un nuevo raquítico preso político, torturado durante décadas por pensar diferente a quien hoy como ayer pretende dar al mundo lecciones de ética.

    Es que en Corea del Norte como en Cuba, revoluciones que buscaron ‘cambiar’ las cosas a favor de los más débiles, poco a poco se convirtieron en dictaduras que usurparon todas las libertades e impusieron regímenes totalitarios y crueles. Y lo consiguieron en la mayoría de los casos de poco en poco. Limitando una libertad, cambiando la Constitución, ampliando los poderes al designado, persiguiendo a la prensa libre para luego eliminarla por completo. Tomando todos los negocios –pequeños y grandes, todos–. Apresando a la oposición o expulsándola o comprándola. Poco a poco, golpe a golpe, hasta que finalmente, todo terminó.

    La libertad es un derecho muy difícil de valorar cuando la hemos tenido siempre. Es como respirar. No nos damos cuenta de la maravilla que es el aire hasta que nos asfixiamos, entonces lo único importante en la vida es poder respirar. Parecería que para no dejar que nuestro país pierda su libertad por asfixia, debemos jugar con inteligencia y unidad un partido a muerte. Sí, a muerte por la libertad que nos permite vivir sin tener que pedir permiso para hacerlo.

    Esta entrada fue publicada el Sábado, septiembre 4th, 2010 a las 9:59 am bajo la categoría Editorial. Usted puede seguir las respuestas a esta entrada a través de la suscripción de la fuente RSS 2.0 . Si desea puede dejar un comentario, o utilizar un vinculo de referencia desde su propia página.
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