• Editorial

    Publicado en septiembre 1st, 2011

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    Mientras el mundo presenciaba con emoción la entrada de las tropas rebeldes a Trípoli, luego de meses de una feroz guerra civil que liberó a Libia de la tiranía del sangui­nario Gadafi, absorto recogió la noticia de la renuncia del genial Steve Jobs a la dirección de la gigante tecnológica Apple, debido a quebrantos de su endeble salud.

    La liberación de Trípoli sacudió el mercado petrolero, devolvien­do algo de sentido a sus precios artificialmente altos, debido a que –entre otras cosas– buena parte de las reservas hidrocarburíferas del mundo se encuentra bajo tierras controladas por Gobiernos ti­ranos como Irán o Venezuela, que no usan su riqueza para mejorar la vida de su gente, sino para perpetuarse en un poder cada vez más absoluto y brutal.

    La renuncia de Steve Jobs causó un sacudón en el mercado mun­dial de acciones –que luego se corrigió gracias a las bondades del libre mercado– pues su genial creatividad y su apasionada innovación, per­mitieron convertir una idea que comenzó hace 30 años en el garaje de la casa de sus padres en una empresa que, a la fecha, cuenta con más dinero que el Gobierno norteamericano.

    Hay quienes comparan a Jobs con Thomas Edison o Benjamin Franklin, dos de las grandes mentes del siglo IX, por haber inventa­do el más versátil y amigable sistema tecnológico existente y haberlo adaptado permanentemente a las cambiantes necesidades del mun­do, al entregar a sus usuarios una serie de herramientas que hacen que nuestros días sean más eficientes y entretenidos.

    Hace pocos años, al intervenir como orador principal en la gradua­ción de los alumnos de la Universidad de Stanford, el fundador de Apple pronunció un discurso conmovedor y pragmático, en el que describió su vida y propuso sus aspiraciones de la manera más directa y pedagógica. Al hablar sobre su enfermedad –en ese momento había sobrevivido a un terrible cáncer al páncreas– y la existencia, dijo que “la muerte es el agente de cambio de la vida, pues permanente y cons­tantemente permite que la especie humana se supere y evolucione”. Y así es, sin duda alguna. La muerte crea los espacios para que nuevas ideas y personas emerjan y se desarrollen.

    Así lo explicó este genio que es el protagonista de una historia de éxito sin parangón. Jobs hablaba al mundo sobre la necesidad de evo­lución y cambio, sobre la torpeza de algunos seres humanos insegu­ros y acomplejados de creerse “indispensables” y buscar la perpetui­dad por sentirse “iluminados”.

    El futuro de las acciones de Apple es incierto. Pero lo que es abso­lutamente seguro es que Steve Jobs jamás hubiera podido desarrollar su talento si en lugar de vivir en California tenía que hacerlo en Siria, la tierra natal de sus padres biológicos, o en Armenia, la de su madre adoptiva. Para su suerte, pudo crecer y desarrollarse en la absoluta li­bertad norteamericana, que no solo respeta el pensamiento de todos sino que promueve la innovación y la creatividad.

    En Siria o Armenia jamás hubiera conocido a un chico de origen polaco u otro mexicano, sus mejores amigos y socios. Tampoco hubie­ra podido construir en su garaje un computador, ni contratar a 4000 personas luego de cinco años. Ni conseguir capital privado para dar el gran salto y convertirse en la más grande empresa tecnológica del mundo en tan solo 20 años.

    Si Jobs hubiera nacido en la tierra de sus padres biológicos o de su madre adoptiva, habría sido adoctrinado religiosa y políticamente por el falso Islam o el comunismo; solo se hubiera relacionado con sus semejantes; jamás hubiera conocido la tecnología del bien, por lo que debido a su intelecto, posiblemente hubiera terminado en algún instituto estatal de desarrollo de armas nucleares. O pensándolo me­jor, lo más probable es que el ser un ser humano sensible hubiera vi­vido atormentado por las injusticias del totalitarismo, por lo que hu­biera sido acribillado por las tropas del tirano Assad, junto a los miles de sirios que diariamente salen a protestar en las calles de Damasco.

    Entonces tal vez sí le podría llegar la muerte tempranamente, pero esta no sería sentida por él como un paso necesario de la evolución del ser humano sino como un grito desesperado contra el totalitaris­mo en el mundo, que ayer dio un respiro a Egipto, hoy a Libia y espe­remos que pronto a nuestras amadas pero agobiadas naciones.

    Esta entrada fue publicada el Jueves, septiembre 1st, 2011 a las 5:56 pm bajo la categoría Editorial. Usted puede seguir las respuestas a esta entrada a través de la suscripción de la fuente RSS 2.0 . Si desea puede dejar un comentario, o utilizar un vinculo de referencia desde su propia página.
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